El abandono en "La Vida Fue Hace Mucho"
Autora: Leydi Johana Lopez*
El mar está en tus ojos.
Lopera, 2022.
Emociones, sentimientos, sensaciones, dolores, pesos, memorias, el peso del tiempo; se podría decir que aquello que atraviesa al ser humano está marcado por su historia, por su contexto por el día de su nacimiento. En la novela La Vida Fue Hace Mucho, de la autora Marita Lopera, se expone un abandono crudo, frío y feroz, con una marea alta, pero un mástil duro de romper. El abandono, interpretado desde el un dolor que carcome el aserrín de las ruinas de un balandro sin nombre. Este escrito es la lectura interpretativa del mar de Alea, una mujer, un ser humano, un pez que subsiste en la superficie de un mar difícil, ruin pero compasivo, de la madre oceánica y recubierto por agua salada y envuelto por el hambre. Atravesada por su familia y personas que dieron un toque significativo y con propósito a su existencia, que han pasado, y como un Cygnus fugaz, se han ido y que aquello regalado ha sido arrebatado y ha tenido un alto costo.
La vida fue hace mucho, gira en torno al personaje principal, Alea, quien vive un pesquero navegando en el Golfo de Urabá hasta que llega a Cabo Tiburón. La primera persona de la novela permite entrar en múltiples elucubraciones que el personaje sostiene de forma íntima con el lector, además de los relatos que han hecho de su vida una vela rota. Así pues, se cuenta sobre El capi, la figura paterna que termina siento la mayor herida; El científico, como un maestro y acompañante en el vaivén de su vida; La seño, aquella figura mezquina y rencorosa con la vida; su madre y el perrito, como pilares de su relacionamiento con el otro; finalmente, el hambre misma, como el motor de la existencia. Ese pesquero carente de bautizo, pero con identidad titánica, zarpa hacia el abandono haciéndose preguntas disimuladas y firmes que contraposicionan la vida de Alea entre la supervivencia y el sinsentido de la vida misma.
El abandono es uno de los sucesos más crueles en la sociedad actual; se abandonan animales, proyectos, seres, sueños, se abandona la vida misma. El abandono atado a un barco, a la luz del día opaco y la claridad de la noche que trae consigo la dura realidad. En medio del vacío, el personaje principal de la obra muestra una coraza aparentemente inquebrantable, trastocada por el constante vaivén de una vida llena de separaciones y rupturas esquemáticas y sistemáticas, desde los pilares de su vida ―tales como la pérdida de su madre y el rechazo de su padre― como por su origen y su historia misma, siendo para ella, una incógnita “Una franja sin tierra: de ahí soy” (Lopera, 2022, p. 40). Se percibe el abandono como un personaje sin nombre propio, como una gaviota que acompaña el camino, pero que se mide también por la miseria de la soledad con quien viene acompañada. Resistir el hambre, la agonía de un espíritu que pertenece a la humedad de la ensenada, aparece como un desafío para un cuerpo cansado y lleno de heridas subcutáneas; el dejamiento de una persona que convive a diario con especies vertebradas acuáticas que, si bien son su refugio y su alimento, también su única compañía y presa única para sobrevivir.
El abandono transmuta miedo. El abandono, convierte el pequeño charco en un torbellino de combate “Se trata de medirse contra el coloso del miedo y ver quién sale a flote” (Lopera, 2022, p. 12) se trata de resistir, verse a la cara, a los ojos, incluso aunque no haya un espejo para observarse; no dejar que la debilidad salga a la superficie, no se pesca temor, se pesca determinación; la determinación de conservar la fuerza y la necesidad de perseverar en un mundo complejo y siempre a la deriva de cada uno de los seres que habitan en él. El ser abandonado siente un impulso constante de caer en la tormenta, pero así mismo, de cogerla por los cuernos y bailar con ella hasta que no haya más que rendirse ante la suerte de la nada. El texto connota y denota un escenario de caos interno, en el cual la templanza prevalece ante la adversidad e incluso la inanición.
El abandono es como una urdimbre que se teje y se entreteje de vestigios del pasado. A través de las páginas, se puede leer y casi palpar el cómo ese algo que se deja atrás, o que deja atrás, se convierte en aquello que se quiere borrar “Me eché mucho jabón, me estregué como tratando de borrarme cualquier parecido genético con mis hermanos” (Lopera, 2022, p. 71). Las cicatrices, en este caso provocadas por hermanos indolentes e indiferentes, toman la forma de un moho, la forma de un hongo, al que se le debe aplicar una alta dosis de antibióticos, por el lapso de tiempo que sea más eficaz para su desaparición. La sombra de lo que ha marcado el camino y el corazón, toma una forma indeseable y repulsiva, que sólo se desea desdibujar, tal como el óleo se desfigura al sentir el ardor de un pañuelo inundado en trementina.
El abandono se encuentra con la soledad, colisiona con esta. “No sé por qué una porción de mi soledad se me hizo tan insoportable: me habría gustado no tener que hablarle a nadie ni pedir ayuda” (Lopera, 2022, p. 29) ensimismado en su propio mundo, el personaje se ve envuelto en una autosuficiencia teñida por una soledad que no permite vislumbrar más allá de lo que ve en frente a sus ojos. Un espacio, relativamente grande, como el de un barco, con unas pocas cosas materiales propias de la vida marítima y necesarias para navegar y desplazarse por las aguas, recibe calor humano, la energía humana de una persona, que paradójicamente carece de ese acercamiento humano; que carece de un abrazo, que carece de palabras tibias y familiares que acompañen el día a día, la ausencia de manos cordiales que puedan asistir en momentos de dificultad, sin que su presencia constituya un moretón a la dignidad.
El abandono como pesadilla. Dentro del mundo de Alea, frente a un mar abierto y lleno de bruma, desolación y reclamos, un lugar seguro no parece ser parte del paisaje en acuarela (más sepia que a colores vivos) que conforman su realidad. Se lee un abandono que perturba, que se siente como el frío de verano en la piel: la carencia. “Me acuesto con el fantasma de un brazo rodeándome (…). Conozco esa sensación previa a quedar inerte: comienza con una leve enfermedad en los huesos, la cabeza, el humor y no terminará hasta que haya amanecido casi sin dormir” (Lopera, 2022, p. 47) una pesadilla con ojos abiertos, que mira a la cara y confronta los miedos y los abismos que se tratan de disimular con el ajetreo del día, con el afán de los quehaceres y los malabares de la rutina. Esta interpretación del abandono es el de un espiral veloz, que no logra desconectar la mente del corazón y los pesos que lleva, que evita que el sueño penetre en el cuerpo de Alea, que, en cambio, produce una metamorfosis lenta y enfermiza entre la larga noche y el tardío amanecer.
El abandono como insignificancia. Se abandona lo que no se quiere, lo que no se desea, lo que se repudia, lo que de alguna manera atormenta. Cuando existe el abandono, existe la íntima sensación de inutilidad, un sentirse desechable e indigno, un vacío ambicioso, una lluvia de preguntas y cuestionamientos internos que se abalanzan unos a otros sin obtener respuesta de ningún lado, por qué esa respuesta acaba por escaparse por la ventana por la que entraron las excusas nunca pronunciadas, que marcaron el momento del abandono y su razón de ser. “Tal vez el abandono lo hace a uno leve, supuse. Insignificante como las cosas cuando pierden el ánima y se las arruma por ahí desprovistas de utilidad” (Lopera, 2022, p. 81) la levedad de sí mismo, el pasar desapercibido ante los ojos de un espectador inconsciente del otro que tiene al frente, el símbolo de la invisibilidad, de la indiferencia, de la insignificancia; carente de significado, de nombre, de peso, de coordenadas, de ánima.
El abandono se transporta en los vacíos de los ojos de la gente, se acumula como ropa sucia en la esquina de la inconsciencia, hasta que decide salir y trastornar la rutina, una rutina que de pronto parece sin sentido, con despropósito y una gran desazón recorre el balandro que Alea pisa con sus pies descalzos y sus cicatrices silenciosas. La necesitad innata e instintiva de sobrevivir no logra alienar el sentimiento de falta, de que algo falta, de que algo grande hace una especie de agujero en el techo, deja caer las goteras de una tempestad, hace que la marea sea altiva e imponente, ante la pequeñez del ser que habita el barco sin rumbo…y sin nombre.
La Vida Fue Hace Mucho deja entre ver un abandono subestimado por el mundo, tan acostumbrado a abandonar. “Los hábitos son traicioneros y producen nostalgias inoportunas” (Lopera, 2022, p. 77) los hábitos de sentir al otro, a ese otro que no está, que no quiere estar, las nostalgias arrebatan la fuerza que la misma soledad trae a la maldita sea, con dificultad y a las patadas, memorias que no quieren pertenecer, pero que cumplen su cuota diaria. El abandono, se lee a través de 175 páginas. Sin embargo, también arrastra consigo descubrimientos que no son menos importantes. Cuando una cinta es rasgada, nace otra que abraza lo que ha de romperse en pedazos, como la piel que muda en los animales invertebrados.
Refiriéndose al padre en el momento exacto de un abandono sin nombre, Alea expresa “El capi pretendía agraviarme, personificar a una anguila colérica descargándome sus corrientazos. Pero para mí toda esa electricidad fue el pasaje hacia mi propio ritmo marino” (Lopera, 2022, p. 52) al caer, aparece ante sí la respuesta a las múltiples preguntas que surgen en medio de la lluvia torrencial, en medio de la aparente inutilidad e inexistencia: la electricidad del encuentro. El encuentro con el lugar seguro que parecía no tener cabida, el lugar al que se pertenece, el lugar que no abandona, que siempre está, el que abraza en medio de la nada para recordar que, la vida sí fue hace mucho, pero que el tiempo apremia y que cada segundo cuenta, cuando se tiene hambre de vida y miedo de muerte.
Y es ahí en donde finalmente se entiende el abandono como una brújula que guía la lectura de la novela; una obra penetrante y aguda como la picadura de una aguamala desorientada, como las olas rompiendo un barco que va a barlovento, pero que, al cesar los truenos, se transforma en manglar que hace de refugio para sus especies vulnerables que después logran emigrar y encuentran por fin una porción de agua en la que, finalmente, pueden fondear.
Todos venimos del agua. La gente, la tierra, los vientos, el clima. Todos.
Lopera, 2022.
Referencias
Lopera, M. (2022). La Vida Fue Hace Mucho. Angosta Editores: Medellín.
*Leydi Johana López Trujillo. Docente de Literatura y Escritura Creativa de la Universidad Católica Luis Amigó





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