Del cine mudo al ¡Tango! El cine como reflejo cultural desde la música en Argentina.
Autor: José Manuel Gómez Chavarria*
Una guitarra llora en manos de un amante que cuenta su historia. El grito del
violín, envuelto de nostalgia, comparte el llanto del cantor, mientras el bandoneón
incita a bailar sobre la desgracia del herido. La canta un hombre en un viejo
smoking con el cabello engominado para atrás, en la primera vez que se podía ver
cómo se escuchaba el tango, que más de ser música era una cultura. Se
mostraban en blanco y negro las expresiones, la pasión al cantar, con una sonrisa
en sus labios, pero unos ojos tristes al mirar la guitarra que abrazaba entre brazos.
La vulnerabilidad de un galán de época llamado Carlos Gardel se escucha en
unos viejos negativos grabados en 1930, en la primera producción sonora de corto
metraje en Argentina, donde se reflejaban sus costumbres, pasiones y música en
manos de un Gardel que, según sus palabras, estaba dispuesto a defender su
idioma, su cultura y sus canciones.
En el sur de América, un río separa dos países y los une en una misma cultura.
Argentina y Uruguay limitan en sus capitales por el Río de la Plata. En Montevideo
y Buenos Aires desembarcaban inmigrantes europeos, en su mayoría italianos y
españoles, que durante el siglo XIX vestían sus costumbres, ideologías y su
manera de vivir. Estos inmigrantes generaron un mestizaje con los gauchos
campesinos de una ciudad en la que se mezclaba el campo y el asfalto, mientras
seguían presentes los tintes de la cultura africana por los descendientes de
esclavos. La convivencia de esta diversidad de pensamiento forjó la manera de
pensar y de sentir de los porteños y montevideanos, en calles donde se hablaba
un idioma único: un español acentuado con palabras propias de diferentes
lenguas, en dos países que compartían costumbres, tradiciones y música que
fluían a través del río que los separaba.
Las calles más oscuras de los alrededores del Río de la Plata se escuchaban con
guitarras y violines combinados en un sonido sucio, pero puro. Los burdeles,
prostíbulos, cafetines y cabarets fueron la cuna del tango, vista en sus inicios
como una música impura y marginal, sonada por guitarras, flautas, violines y, a
veces, acordeones. No se usaba el piano en estas agrupaciones por la dificultad
para movilizarlo, pero algunas interpretaciones utilizaban este instrumento como
solista. El bandoneón, como elemento más representativo del tango, no se tocó
hasta principios del siglo XX. Las letras cantadas sobre este nuevo ritmo se
dirigían al morbo, el doble sentido y las alusiones sexuales; era una música
clandestina con un baile prohibido para las damas de la época.
El tango en sus inicios arrabaleros se conoce como la guardia vieja. Hasta que los
uruguayos Alfredo Gobbi y Enrique Saborido, junto al argentino Ángel Villoldo,
llevaron sus composiciones a París en 1905. Esto cambió la forma de escuchar el
tango al usar ritmos más pausados y tonos más lánguidos que facilitaban el
trabajo del cantor. También las letras abandonaron el sentido picaresco y se
adaptaron al estilo de canción con un carácter más dramático y profundo. Luego,
en 1917, un joven poco conocido de Montevideo llamado Carlos Gardel grabó "Mi
noche triste", considerada la primera interpretación de un tango-canción que
marcaría un antes y un después en la historia de la música y la cultura rioplatense.
El mismo año de la grabación de "Mi noche triste" se estrenó Flor de durazno, la
primera vez de Gardel en el cine, lo que reflejaba la importancia de su música en
el arte y la cultura de la región. Diversas películas de cine mudo, sin poder
escucharlo, hablaban de tango y los cantores estrella se sumergían y convergían
en el séptimo arte. Películas como Milonguita, Los cuatro jinetes o La borrachera
después de un tango aludían a historias propias de los porteños y montevideanos,
en narraciones de tangueros enamorados que cantaban sus relatos en una larga
canción muda.
el cine es un reflejo del contexto, una herramienta de visibilización social de una
cultura, desde propagandas ideológicas hasta historias cotidianas de una
sociedad. Se evidencia en el cine soviético como símbolo de revolución, en el cine
italiano posguerra y en el cine latinoamericano con movimientos como el Cinema
Novo y el manifiesto hacia un tercer cine. El arte y la cultura se han visto ligados
como una extensión del otro, una inmunidad frente al tiempo para repasar lo que
fuimos y entender lo que somos. Con esto, el cine asumió la responsabilidad de
instrumento social para reflejar las historias de cada lugar, inmortalizar las ideas
de las personas, su forma de pensar, de ver y de sentir.
Según lo anterior, al incorporarse el sonido a la imagen en movimiento, se
continuaba con la necesidad de visibilizar las tradiciones de cada lugar con esta
novedad. Así, en Estados Unidos, Alan Crosland y la Warner Bros. estrenaron el
primer largometraje sonoro, llamado El cantor de jazz que presentaba un símbolo
de la cultura de ese país, el jazz. Esta película era el murmullo de las calles
estadounidenses desde el lenguaje y la música. El cine se abría a nuevas
posibilidades que se adaptarían a cada región para escuchar su idioma y cantar
sus canciones. En México se inició un cine de rancheras con musicales
románticos de mariachis y los rioplatenses no eran ajenos a este nuevo fenómeno.
En el año 1930, un joven actor y director llamado Eduardo Morera, que
protagonizó La borrachera después de un tango, le propuso a un todavía joven,
pero ya eterno Carlos Gardel la grabación de una serie de cortometrajes sonoros,
donde interpretara sus canciones. Gardel no quería participar como cantor de la
producción por su mala experiencia en el cine con Flor de durazno. Aparte, había
adquirido un prestigio y no quería arriesgar su reputación de cantante frente a una
industria tan rudimentaria como lo era el cine de la época. Pero luego de algunas
conversaciones, Gardel decidió hacerlos para que los argentinos y uruguayos
pudieran ver cómo se escuchaba su música.
Se inició la producción, adecuaron un galpón de chapas de zinc en la calle México
con un montaje tosco realizado por el propietario y productor que tenía un
laboratorio de películas de 16mm en este lugar. Se aislaba el sonido con brea y
trapos pedidos a una fábrica de textiles cercana, llamada Alpargatas. El sonido
estaba a cargo de dos muchachos de apellido Ruffo y Schmidt. Estos usaban una
cámara Lee de Forest que tenía acoplada una lámpara en una caja que imprimía
el sonido a la película. Era una máquina de lata, por lo que era muy ruidosa al
vibrar, entonces decidieron pedir un almohadón a un vecino para colocarlo encima
del artefacto. En cuanto a las luces, no había lámparas pequeñas, todas eran
enormes y calentaban el galpón que ya era conocido como el baño turco. Por esto,
Eduardo Morera fue bautizado por Orson Welles como "Crazy Morera".
En el galpón de la calle México, rodeados de trapos, cables y luces, con un calor
infernal y un olor natural de un lugar cerrado y concurrido, Gardel con un traje
elegante y la guitarra entre brazos; al cantar emanaba una paz que contrastaba
con la tensión de la situación. Atrás del montevideano estaba su orquesta, llamada
por Carlos como "Los Escoberos". Interpretaron 15 canciones en 15 cortometrajes;
al revelarlos se perdió el material de cinco piezas, pero de las diez que
sobrevivieron podemos encontrar obras como Viejo smoking, Mano a mano y
Añoranzas. El proceso de grabación fue realizado por planos. Se acomodaba la
cámara en un lugar fijo y se grababan todas las canciones desde allí, luego
acomodaban la cámara en sitio diferente. También se grabaron las introducciones
de las canciones que presentaban al artista invitado como José Razzano en Mano
a mano. Por el estilo y forma de la producción de los cortometrajes, se consideran
los primeros videoclips musicales de la historia.
La finalidad práctica de esta producción era proyectar estos rollos en la
cinematografía Valle, donde se pagaba una boleta fija y se necesitaban obras para
llenar el programa. Es decir, reproducían la película de una canción antes o
después de un largometraje. Cuando se estrenaron, las personas pedían que
repitieran la grabación, fue un éxito. Para los rioplatenses se trataba de ver su
música en la boca de uno de sus ídolos, un hijo de la Plata. Sus gestos, sonrisas y
lágrimas. Era un acercamiento ante la lejanía del contexto, una vulnerabilidad del
cantor con su público, una formación y reflejo de su cultura.
Luego de la muerte de Gardel en 1935, se estrenó una película antológica con las
diez obras, titulada Así cantaba Carlos Gardel.
En 1931 ya existían los cortometrajes como producciones de cine sonoro hechas
en Argentina, pero no había ningún largometraje. Los latinoamericanos estaban
cansados de leer subtítulos y escuchar un idioma extranjero, por lo que los
productores de Hollywood decidieron trabajar con cineastas y artistas de
diferentes países, entre ellos Carlos Gardel. Esta iniciativa se llevó a cabo desde
1927 con el estreno de El cantor de jazz, pero hasta 1931 decidieron hacer una
historia en argentino.
Gardel viajó a París y rodó cuatro películas en los estudios de Joinville. En
Estados Unidos grabó otras cinco en los estudios de Long Island, Nueva York. De
estos viajes salió la película Las luces de Buenos Aires, donde los rioplatenses
escucharon su idioma, pero no sus historias y seguían con la necesidad de crear
un cine propio.
Ese mismo año, 1931, José Agustín Ferreyra estrenó Muñequitas porteñas, que
sería el primer largometraje hablado construido en Argentina. Este fue un fracaso
total, contaba con un sistema llamado Vitaphone que permitía sonido, pero no era
del todo eficaz. Además, la gente se iba a los insultos por haber pagado la entrada
para una película y ver el disco rayarse con una proyección cortada. Esto generó
una desilusión entre porteños y montevideanos al ver que su historia, en su primer
intento de representar su cultura, no había salido de la mejor manera. Incluso, se
ignora esta película como la primera de cine sonoro en Argentina, ya que en 1933
se estrenó un largometraje con instrumentos innovadores, un mejor trabajo de
sonido y la fundación de una nueva productora, aún vigente, que marcaría un
antes y un después en la historia del cine argentino: una novedosa producción
llamada ¡Tango!
La historia de ¡Tango! estrenada en 1933, comienza con Luis Moglia Barth, un
director argentino, y Ángel Mentasti, quien se convertiría en un productor histórico.
Ambos se conocieron mientras colaboraban entre Film Reich y Sello Pathé.
Aunque trabajaban en diferentes empresas con diferentes roles, la propuesta de
Moglia de realizar una nueva película sonora sedujo a Mentasti para fundar su
propia productora, que se convertiría en una de las más importantes del país en su
historia, la Argentina Sono Film. Con un guion creado por Moglia en conjunto con
Carlos de la Púa, la película sería un musical con su propia música, una historia
transcurrida en suelo porteño, donde estarían sus paisajes, actores, voces,
canciones y cultura.
Uno de los factores que marcó el éxito de esta película frente a Muñequitas
porteñas fue el sistema sonoro utilizado por Mentasti y Moglia. El pionero sonidista
Alfredo Murúa, junto a Genaro Scivarra, crearon la Sociedad Impresora de Discos
Electrónicos (SIDE) en 1927, donde se inventó el Sidetone. Este sistema permitía
al sonido imprimirse en el negativo de la película y no separados, lo que prevenía
cualquier inconveniente entre el sonido y la imagen.
Otro factor importante en el desarrollo de ¡Tango! fue el reparto de actores
participantes del largometraje. El elenco contaba con importantes cantantes del
género, caras conocidas del cine mudo y voces familiares del radioteatro.
Nombres como Azucena Maizani, Pepe Arias, Luis Sandrini y Alberto Gómez
fueron los elegidos para ser el rostro y las voces de la cultura porteña.
La canción de Buenos Aires sonaba en la voz de Azucena Maizani, mientras se
mostraban las calles de la capital argentina en blanco y negro. Por primera vez en
el cine, se veía y se escuchaba a dos países unidos en una cultura, con historias
creadas alrededor del rio. Los rostros rioplatenses en suelo porteño no eran solo
imágenes y ruido, sino el reflejo de una sociedad que bailaba y escuchaba el
tango.
El estreno de la película fue un éxito. Tanto así que Lumiton, otra productora
argentina, decidió grabar un largometraje sonoro el mismo año. Esta propuesta
contaba con una estructura narrativa más clásica, pero bajo la misma necesidad
de reflejar sus costumbres. Esta producción presentaba las tres obsesiones de los
porteños, Los tres berretines que movían a toda una región: el tango, el fútbol y el
cine. Así remarcaban su cultura con elementos fundamentales para su gente,
inmortalizados en negativos que ya dejaban dos historias que cantaban la realidad
de un pueblo, dejaban huella en su cultura y una página en la historia del cine, el
tango y el país.
En 1933 no solo se consolidó el cine sonoro en Argentina, también se estableció
un modelo para futuras producciones, al mostrar cómo una película podía ser un
espejo fiel de la identidad cultural de su gente. La Argentina Sono Film, bajo la
dirección de Mentasti, y Moglia, con Lumiton en sus nuevas propuestas,
demostraron que el cine podía capturar y preservar las tradiciones y valores de
una nación en constante evolución.
Luego se generó un movimiento en el cine argentino, donde el tango era un pilar
fundamental de las historias. Películas como El día que me quieras, Tango bar o
Tango en Broadway marcan una importancia histórica que perdurará en una
cultura amante de lo propio, en manos de personas dispuestas a defender su
forma de hablar, sus historias, su forma de pensar y vivir. Una sociedad que utilizó
el cine para generar cultura y contar las historias que fluyeron alrededor de un río,
en países diferentes unidos por una historia que comparten.
El tango, con su melancolía y su vibrante energía sigue siendo un símbolo de la
región rioplatense, resuena en cada esquina, en cada café y en cada persona. Así,
el tango y el cine argentino se han entrelazado en un abrazo eterno que se
expande por el mundo, toca otras historias y culturas para inspirar a generaciones
actuales y futuras.
Se vuelve a la Plata, donde no es el mismo río ni las mismas historias. Aun así, se
encuentran las anécdotas embotelladas en películas, pasando de generación en
generación. En un claro ejemplo del cine como reflejo cultural desde la música.
*Jose Gómez es crítico de cine de la Escuela de Crítica de Cine de Medellín. También es estudiante de Comunicación y Lenguajes Audiovisuales de la Universidad de Medellín. Ha publicado textos como crónicas en revistas locales. También ensayos y críticas cinematográficas en el blog de Cinefagos. Es director del colectivo artístico 870, desde donde coordina un cineclub. Además, ha dirigido cortometrajes de ficción y documental, presentados en muestras y festivales.





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