Autor: Ramón Berrio
En estas aguas caí,
un choque brusco contra la superficie fue mi bienvenida,
y ese ardor cruzó por mi cuerpo para contarme como se sentiría lo que venía.
Una acá, tirada, ¿qué?
nada,
nada como puede y el movimiento enseña.
A mi carne la alimenta la ilusión de pisar suelo firme,
de encontrar un terreno que no conozca la agresividad del mar.
Pero la tierra solo la conocí en sueños.
el agua se extiende por el infinito que abarcó mi vista.
Aquí estuvo toda la intención de abandonar,
la corriente me arrastró con decisión hasta encontrar un sitio sereno
allí, en lo manso, dejé cualquier esfuerzo,
y esta masa empecinada donde habito se decidió por flotar.
Con la quietud sentí alivio,
después frío,
después extrañé a los peces,
después el cielo con todo y sus estrellas se volvió paisaje insípido.
Fatiga la lucha y hostiga la calma.
Puedo obligarme a permanecer sumergida por tiempo suficiente,
¿agotar la única cosa que sentía mía —enteramente mía—
destruyendo lo que me une a cuanto he conocido?,
¿y si lo que encuentro en otra parte termina siendo quietud y más quietud?
En estas aguas caí.
Mi urgencia me dijo que era desgracia.
El movimiento, la belleza, la compañía, el mar.
Este era mi lugar.
Lo que quiero es otra vez pelearme con las olas
y arder con cada golpe.
Mi voluntad me atravesaría sin encontrar resistencia.
Para que el cansancio no vuelva a impedirme,
recojo.
Y lo junto y lo armo y lo arreglo a mi antojo.
Mi barca,
Mi cáscara de nuez.
Ya elijo cuando nado,
ya elijo cuando remo.
Y fue el tiempo,
el tiempo que desgasta a la par cuerpo y barca,
que no dejó nadar,
que no dejó remar,
que no nos dejó flotar más.
Fue el tiempo
que tomó la decisión,
no mi voluntad.
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