Isabela García Bedoya*
No olvidaré aquella tarde del 5 de diciembre en la que mis padres entraron corriendo a casa, sentí su alma desesperada por encontrar algún alivio empujándome entre sus brazos, e intentando sostener cualquier extremidad de mi cuerpo para no dejarme caer al suelo en su afán por huir. Sentí pánico a medida que saltaba en sus brazos por la forma en la que aceleraban el paso, intentando no toparse con la multitud que había a nuestro alrededor inundada por la misma sensación de espanto, obligados a correr en cualquier dirección que los hiciera sentir a salvo.
Mi rostro sentía el agitado pecho de mi madre, del cual por alguna razón descendía un líquido espeso y de color fulminante, que sin poder comprenderlo, me contagiaba todo su temor. Temblé cuando sentí los sobresaltos de mi madre al escuchar estruendos ininterrumpidos que venían de todas direcciones, y ella en vez de detenerse como impulso normal para ver de dónde venía el ruido, lloraba cada vez más e intentaba no dejarse dominar por el cansancio para ir más rápido. Me asusté, pero, también recordé aquel día que estábamos jugando con globos de agua, el estallido me sobresaltaba pero después venía la carcajada de mis padres al verme completamente empapada, fue lindo recordarlo en medio de tanto dolor que seguía sin comprender; en fin, así se escuchaban los estruendos, solo que era como si mil globos de agua estallaran en la Ciénaga.
Mis padres repetían un mensaje que habían escuchado como si todavía estuviesen intentando convencerse de él, “he ordenado concentrar toda la fuerza y sigo inmediatamente a batir por el fuego amotinados”. Tal vez tenía que ver con esas reuniones extrañas que ambos tenían en casa días antes, pero creí que era un grupo de estudio de inglés porque siempre repetían las palabras United Fruit Company, o tal vez ciencias sociales como aprendíamos en la escuela, porque mencionaban también al presidente Miguel Abadía Méndez; realmente fue lo único que entendí porque además de eso utilizaban palabras que no conocía.
Hasta que ambos dejaron de correr, y escuche que mi padre le susurró “los trabajadores han sido derrotados”, debemos volver para no ser encarcelados. El pecho de mi madre soltó una bocanada de aire, dejó mis pies suavemente en el suelo y dijo “Jamás olvides estas palabras, pero prométeme que las repetirás en tu cabeza y no con tu boca… ¡Viva Colombia libre!”
* Medellín, 2023. Estudiante de literatura, intérprete de la trompeta; llegó al mundo de las letras a través de autores antioqueños y profesores inspiradores de lengua castellana; encuentra en la voz de una pequeña el grito ahogado de la necesidad de libertad.
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