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incesante sublevación

Foto del escritor: El Galeón Gaceta Literaria
El Galeón Gaceta Literaria
28 sept
8 min de lectura

Autor: Bryan Simanca Sedano*


En la escrupulosa noche de invierno no hubo discusión. Ausencio comprendió mientras sostenía la mirada de Leva que su matrimonio había terminado antes que alguno de los dos decidiera decirlo.

Leva no esperó perdón ni explicaciones, con voz serena aseguró que lo sabía hace mucho tiempo. Desde el primer momento, de hecho. Le dijo que él siempre fue muy torpe y las mentiras se le escurrían por los gestos.

—     Siéndote sincera, no tenía ganas ni de reclamarte— añadió torciendo un poco la boca, pero sin rabia alguna—. Me dio lástima. 

Ausencio no dijo palabra, solo agachó la cabeza, como esperando que pasara la tormenta que no terminaba de desatarse.

 

El silencio recorrió el cuarto durante quince segundos. 

 

—     Comprendo que las cosas no serán iguales—dijo finalmente Ausencio.

—     Cállate —replicó Leva—. Sabes perfectamente que nada de esto importa ya. A veces las palabras innecesarias hacen más daño que los actos.

Para Ausencio, resultó más hiriente que cualquier reproche. Y justo en ese momento llegó la confesión, el punto clímax de resolución catastrófica para él:

Durante meses ella también le fue infiel. No lo dijo como desquite; era una constatación. Como si el acto fuera inevitable, casi lógico, una respuesta que no se elige del todo pero que termina ocurriendo.

Asintiendo con la cabeza, alzó la vista y encontró indiferencia en la mirada de su esposa. En ese breve instante un frío abrazador le recorrió por todo el cuerpo. Entendió que su esposa no le amaba: si le amara, hubiera irreprochable ira en su mirada. En cambio, solo encontró ojos apagados, como en el mismo momento en que se conocieron; eran unos completos desconocidos. 

Ausencio le aseguró que esa misma noche se iría de la casa. Leva, que ya no esperaba nada, sintió una profunda decepción por su prometido al no afrontarla.

—Poco hombre —dijo internamente.

En los días siguientes no discurrieron en los términos del divorcio, los detalles se los dejaron a los abogados. Antes que pudiera parpadear, su exesposa le arrebató el setenta por ciento de los bienes, únicamente le quedaron sus libros, un juego de pocillos de café, una cámara y su cuenta bancaria.

¡Es absurdo! —dijo con falsa indignación.

Entiéndase que nunca fue un hombre adinerado. A pesar de la buena semblanza, más bien parecía pobre si se le detallaba, y aun así reflejaba brillantez y avidez.

Su abogado era un inepto y no se esforzaba lo suficiente para defenderlo, principalmente porque no le pagaba.

—No soy una maldita hermanita de la caridad­— le dijo alguna vez.

Ausencio nunca se preocupó realmente por su defensa. Paseaba diariamente por el parque cerca de la iglesia, escuchando los pájaros cantar, que tanto le reconfortaban, y disfrutaba de sentir los recién nacidos rayos del sol en el rostro. Convencido de que era saludable tomar el cálido sol para rejuvenecer las arrugas de la cara.

Cada mañana era un coloquio interminable, pasaba discutiendo con los árboles el destino incierto de los amores contrariados, como si su matrimonio nunca hubiera existido.

—     Qué cínico soy —sostenía observando el andén—. Aquello que me ama es la luna y el sol; soy su eterno hijo. Mis verdaderos benefactores me brindan lucidez en la mañana y sabiduría en la noche. No necesito más.

 

—     ¿Por qué amanece tan pronto? —se preguntaba —. Debería sostenerse el tiempo en el preciso instante en que el sol abre los ojos en la pálida madrugada.

Justo al decir eso, entra una llamada al celular, extrañándolo de sobremanera.

Hace media hora su madre había muerto.

Sin preámbulo alguno transcurrió la mañana, la tarde y la noche. Llegando el día siguiente; en la misa del entierro vio a su hermana, la persona que más le quería en este mundo, aunque él no lo supiera, no podía imaginar que Samanta le quisiera tanto, por las pocas veces que se veían en el año. En realidad, se mantenía alejado de su familia por inercia de la distancia y su natural capacidad de ser una persona ambiguamente familiar.

Leva no asistió a la misa, pero sí al entierro. Ausencio en cambio, no fue al entierro.

Los últimos tres días parecían arrebatados, en destellos tintineantes ya era de mañana, luego de noche y sin previo aviso amanecía de nuevo. Su hermana le ofreció quedarse en su casa para que no estuviera de hotel en hotel, pero rechazó la propuesta con mucha cordialidad. Samanta no se percató que su hermano no durmió sino hasta el tercer día, dos horas en una banca.

No había comido nada desde el día de la misa exequial y el pecho le ardía en cólera de silencio. Recordaba que el Padre César había dicho algo sobre el pecado y la necesidad de arrepentirse antes de morir. Que si obramos de buena manera en la tierra seríamos perdonados por Dios. Cuestión que resonó en sus fluctuantes deliberaciones que se propagaban hasta en su carácter.

Con la intención de dejar de pensar entra al bar frente al parque, encontrándose con Felipe, su excompañero de la facultad de filología. La sorpresa le dio un respiro de alegría levitante. Tomaron un tanto y conversaron sostenidamente sobre muchas circunstancias, hasta llegar al punto que más le interesaba discutir. No tanto la muerte de Antonia, su querida madre, que mucho la quiso sin decírselo nunca, sino una imperante razón para hablar con su amigo.

Felipe le inspiraba siempre las ganas y necesidad de entrar en coloquios fructíferos, y en esta ocasión quería hablar sobre el pecado, cortesía del padre César.

—Verás, amigo—dijo en tono amargo—...

Los humanos somos seres incompletos, creados para la burla, puesto que en la libertad y en la toma de decisiones nos perjudicamos a nosotros mismos.

La libertad es lo más peligroso que hay en este mundo. Nuestro mayor verdugo, la razón de nuestras penas y dolencias, de que los hijos paguen los pecados de los padres y vivamos en constante miedo a la sombra del error.

Felipe agachó la mirada y Ausencio quedó en silencio por cinco segundos, reformuló y continuó:

—     Mira, estamos martirizados por los ojos misericordiosos del señor, no conocemos el misterio. No sabemos la verdadera razón del libre albedrío, porque no hay un único camino. Quizás sea mejor que nunca vuelva Jesús. Sólo quizás, debamos seguir otros designios: nuestra propia moral, nuestra propia voluntad. O, en su defecto, debamos seguir al otro, someternos a su engaño lúcido, a la bestia, al luciferino, aquél que siempre está detrás de los hombres, en sus hombros, en sus decisiones, en cada detalle de la vida y la predestinación.

 

—     ¿O es acaso el destino causa de nuestra libertad? —exclamó — ¡Es una contradicción! ¿Cómo podemos ser hijos de Dios si la libertad, con el pecado, nos arrebata el destino divino del padre? Es irónico: ¡somos viles criaturas!

Es como la literatura misma, un engaño para quien no ve el mensaje en los detalles, como lo hace él, el luciferino, inmiscuido en los detalles. ¿En qué nos debemos refugiar? ¿Quién podría ayudarnos además de nosotros mismos? Si todo es desgracia después de la libertad.

Felipe le observó sin impresión, mientras tomaba un trago de whisky y lo pasaba con cerveza negra.

—     Lo último que dijiste —acotó Felipe — sobre la literatura, me parece muy interesante. De hecho, tengo una tesis formada sobre algo parecido: Para mí, la literatura es como la vida misma, no simplemente porque la imite.

—     Déjame decirte esto, Ausencio. Creo que te puede gustar. Después, te respondo sobre la libertad y el pecado.

—     Escúchame, amigo:

—     ¿Por qué todo vuelve a la circularidad?, como la realidad, que se compone por geometría circular, espirales, movimientos gravitatorios, así con todo aquello compuesto por la materia. Incluso la literatura y su forma de ser escrita — en sus temáticas —: ¿por qué a veces parece una circularidad que gira sobre sí misma y se cierra perfectamente? Las palabras se tocan, orbitan, y se sostienen en la literatura. Así como la existencia.

—     Y creo que estás girando sobre una misma base de autoconvencimiento y negación. No eres más que un ateo que quiere creer.

 

Ausencio, que lo observó con suma atención, mientras tomaba su vaso de cerveza negaba con la cabeza.

—     Ya no sé qué creer, amigo — le respondió con una sonrisa nerviosa.

A todo esto, ambos se echaron a reír.

Así transcurrió la velada, quedaron en que se verían para seguir conversando. Pero ambos sabían que serían muy pocas las veces. Pese a todo, la compañía de su amigo le resultaba lo único cierto, lo único tangible en su vida.

Mientras avanzaba sin rumbo por la acera, en el trasegar incalculable del viento, pensó en las conversaciones que tuvo con su madre en la juventud, de cómo su tío Antonio no se repuso después de divorciarse, y recordó lo dicho por Felipe: es todo una circularidad.

—     Es enfermizo — repuso.

Y caminando lentamente hacia la banca donde durmió en la mañana, refunfuñó entre los dientes con expresión indulgente:

—     Tú me abandonaste Leva, justo cuando creía que mi vida despegaba hacia la plena estabilidad, y no es tu culpa, a ti no puedo decirte nada.

—     El pasado vuelve en cuentagotas; con el tiempo el pecado se manifiesta y se añeja como el vino. Se vuelve más afilado, doloroso, y tú lo supiste todo. Y yo quedé sin respuestas y peor aún, sin preguntas.

 

De repente abre las manos en par y dice en voz alta:

—     Lo infausto es que tú me engañabas en todos estos años sin darme cuenta. ¡Con eso pagué el precio de mi pecado! cómo es posible que ahora se me haya multiplicado, ¡no es justo, Dios! Todos me han abandonado, incluso tú.

 

No pensó siquiera en su hermana.

 

Acostado en posición fetal de extremo a extremo en la banca, mira fijamente hacia la noche que se aproximaba, y estando un poco sosegado, logra quedarse dormido sin darse cuenta.

—¿Dónde estoy?

Intuyó estar en un lúcido y agobiante sueño.

Se levantó de la banca y vio al frente, todo el parque se convirtió en bosque. Sin interrogar nada caminó adelante, hacia la espesura que se dibujaba junto a un camino que parecía luminoso, un filtro de fantasía. Dirigido a la incertidumbre por algo más grande que todas las cosas.

Y una voz decorosa dice:

—     ¿Qué estás dispuesto a sacrificar? ¿Puedes alguna vez ser consciente? ¿De toda la relevancia? Mira; mira hacia arriba, mira a tu alrededor: a las rocas en el arroyo. Escucha las palabras del río, el mensaje transmitido. ¿Puedes verlo? Por supuesto, debes tomar la decisión de hacerlo.

Es claro que los rayos del sol son tus ojos, deslumbra el entorno con ojos enternecedores. El paisaje perdurará en los atardeceres, precipitándose el alba en los rincones pedregosos y en el bosque vociferante, viéndote sin cesar mientras te desplazas en el pasadizo espectral de la neblina.

Toca el rocío apaciguador, que te empape de insaciable sed, esa que se propaga. Una vez dentro, toma la decisión. Depende de ti.

Comprenderás que el escepticismo es el mecanismo, no el juez.

Despertó abruptamente y en silencio quedó. 

—     Debo peregrinar, afirmó. Se levantó de la banca.

 

De repente, le vino a la mente el blanco rostro de su hermana, se estremeció al pensar que la abandonaría por un largo tiempo.

Entonces le escribió una carta, no muy larga.                                           

Ausencio pensó que solo de ella era necesario despedirse. Sacó el dinero de su cuenta bancaria, tomó su cámara y compró un boleto solo de ida a Samargatha, Nepal.

En el vuelo observaba las nubes que le recordaron a los árboles. Sentía la presión en el pecho.

—No engaño a nadie, —suspiró — sabré sólo de esta forma, lo que es estar del otro lado, junto a los sublimes, lograr comprender a Buda, incluso a él, el luciferino... también, ver de frente a Jesús, y seguir los pasos de una vida sacrificada, así como la suya.

Ascendiendo y descendiendo de lo alto abandonó su cámara, no le quedaron sino sus pies y sus manos.

Consciente del mensaje no deficitario, que hace transitar a lo incierto, pero verdadero.


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